En el fondo de la casa estaba el lugar que tanto los atraía: la huerta, ese mágico territorio lleno de plantaciones de todos los tamaños formas y colores.
Entusiasmados, caminaban por el sendero de pedregullo, bajo los racimos de uvas que colgaban como guirnaldas desde el parral, mientras olían el delicioso aroma de los rosales en flor que perfumaban todo el jardín.


El abuelo, con sus rústicas y ajadas manos, se agachaba trabajosamente y les mostraba el cantero de las dulces frutillas con su sombreritos verdes festoneados; más allá, las tupidas plantas de albahaca junto a las de perejil y orégano, las que en otro momento invadirían la cocina de la abuela con sus gustos y olores.


Como guardianes del lugar, a los lados, con sus tutores firmes y erguidos, los tomates redondos y brillantes los saludaban bajo el calor del sol.

Ese era el paseo predilecto, un recorrido lleno de colores, sabores y olores que los hacía sentir pletóricos de felicidad.
El paseo de los sábados a la mañana de la mano del abuelo.

fresas maduras,
revolotean pájaros,
cálida brisa