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2 sept 2010

Recuerdo esTANKAdo...


Golpean gotas
contra los fríos vidrios
de mi ventana.
Recuerdo aquella noche
envuelta entre tus brazos.

28 abr 2010

Almuerzo familiar (haibun)

La abuela Rosa, la polaca, era regordeta, de cuerpo pesado, cara redonda y mejillas rubicundas. Sus pequeños ojos claros, quedaban hundidos entre los rizos de su cabello castaño cubierto por un pañuelo y su amplia sonrisa blanca.
Para ella, la vida pasaba a través de la cocina, ahí era feliz y lograba que todos nos sintiéramos del mismo modo, mientras deambulaba de un rincón al otro, entre utensilios, alacenas y vajilla.

El sábado era el día del almuerzo familiar, así que se levantaba con el canto del gallo y a paso lento, cargando los muchos kilos cubiertos por un amplio y cómodo batón, comenzaba a cocinar. No recuerdo haber vuelto a comer pizza como la suya. Leudaba tanto la masa después de sobarla a diestra y siniestra sobre la mesada de mármol, que al disponerla sobre la asadera le quedaban profundas depresiones entre los globitos de aire, en los que se acumulaba la salsa de sabor tan exquisito y personal.

Más tarde preparaba la masa para los piroguis (comida típica polaca) rellenos con ricota, panceta y cebolla, que eran el deleite de todala familia.


Cuando subía el hervor del agua, nos llamaba a comer. Presurosos, todos nos sentábamos alrededor de la mesa y con el máximo de los placeres, degustábamos sus especialidades entre risas y conversaciones en "polañol".



manos que amasan
olor a levadura
afuera llueve

10 mar 2010

El paseo predilecto (haibun)

Su mayor placer era ir a visitar a los abuelos los sábados de mañana.


En el fondo de la casa estaba el lugar que tanto los atraía: la huerta, ese mágico territorio lleno de plantaciones de todos los tamaños formas y colores.

Entusiasmados, caminaban por el sendero de pedregullo, bajo los racimos de uvas que colgaban como guirnaldas desde el parral, mientras olían el delicioso aroma de los rosales en flor que perfumaban todo el jardín.






El abuelo, con sus rústicas y ajadas manos, se agachaba trabajosamente y les mostraba el cantero de las dulces frutillas con su sombreritos verdes festoneados; más allá, las tupidas plantas de albahaca junto a las de perejil y orégano, las que en otro momento invadirían la cocina de la abuela con sus gustos y olores.




Como guardianes del lugar, a los lados, con sus tutores firmes y erguidos, los tomates redondos y brillantes los saludaban bajo el calor del sol.






Ese era el paseo predilecto, un recorrido lleno de colores, sabores y olores que los hacía sentir pletóricos de felicidad.



El paseo de los sábados a la mañana de la mano del abuelo.


fresas maduras,
revolotean pájaros,
cálida brisa